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Columna
UN NUEVO ESCENARIO
Autor:
Ricardo Solari, ex vicepresidente del PS
Jueves 18 de Marzo de 2010
Un nuevo escenario
El terremoto cambió el escenario político. ¿Qué pasa con el gobierno? ¿Qué pasa con la oposición en esta nueva realidad?
El punto de partida es obvio. Todos pierden, Chile pierde: a centenares de compatriotas y a parte del capital físico del país.
Más allá del homenaje a nuestras fortalezas, a nuestra resiliencia, el ánimo nacional se torno sombrío. La solidaridad, el heroísmo no cambian esta sensación, sólo la atenúan.
La nueva oposición vive su propio duelo adicional. Ahora tiene el doble trabajo de contribuir a la buena marcha del país y simultáneamente rearmarse después de la derrota presidencial. Este contexto le exige una reflexión profunda sobre las nuevas condiciones, pero también articular rápidamente una conducción que asuma la representación de su fuerza electoral y parlamentaria. La acción opositora, para prestigiarse, exige niveles muy altos de rigor en el análisis de los planes del gobierno de Piñera.
También está obligada a mantener distancia de la demagogia y al populismo. Y exige incluso respaldar, para cuidar el largo plazo, medidas impopulares, si fuese necesario.
La idea de rechazar el equívoco concepto de la unidad nacional que confunde la necesaria cooperación entre unos y otros en asuntos patrióticos, con la disolución de identidades y bloques, en este contexto de urgencias y penurias, no es fácil. La fiscalización de abundantes y gruesos conflictos de interés, deslices comunicacionales o torpezas burocráticas, en el actual ambiente, no es trivial.
Un punto actual de disputa es con quién se reconstruye. Si ésta es sólo tarea de empresas constructoras y burócratas públicos, o de los alcaldes, concejales y ciudadanos. Si los vecinos y las comunidades tendrán voz y voto en lo nuevo que surge de la destrucción. Este no es un punto de “participacionismo” formal, sino que una opción que permite resolver varias de aquellas fracturas sociales, de aquellas grandes cosas que se rompieron entre nosotros el 27 de febrero.
Quienes creen que la designación de un gabinete abundante en gerentes privados, decisión previa al terremoto, es funcional a la actual respuesta estatal a la emergencia, tienen una imagen limitada del estado de las cosas. El país no sólo requiere reparar construcciones, infraestructuras, materialidades, sino que también su espíritu, debilitado por la fatalidad. Y exige además un sofisticado manejo del complejo aparato estatal.
¿Cuál es la oportunidad política que constituye el terremoto para Piñera? Es una equívoca cuestión, pues un diseño de gobierno no se arma en pocos días. Piñera tenía sus convicciones respecto de prioridades, recursos, orientaciones, construidas en años de campaña. Modificar todo esto de un día para otro no es trivial. A su vez, el personal requerido para las tareas “de la nueva forma de gobernar” es muy distinto del que se necesita para reconstruir el país, material y espiritualmente, después de un desastre de la magnitud que vivimos el 27 de febrero.
Probablemente macroeconomistas como Larraín y Fontaine pensaron muchas veces en las oportunidades que se abrían a partir de las holguras fiscales disponibles. En las certezas de unas perspectivas de crecimiento de los ingresos y del empleo estimuladas por la economía mundial y por datos objetivos de precio del cobre y otros commodities de nuestra canasta exportadora.
Pero pasar de un plan de gobierno donde el gran tema es la calidad de la educación en las escuelas, a uno donde se debate dónde se imparten físicamente las clases, son dos mundos distintos. El futuro es incierto. Las expectativas son altas. La presión por soluciones vendrá muy fuerte con el invierno. Esa será la prueba de fuego para el nuevo equipo y el test, también, para quienes ahora están del otro lado. Todo está por verse.